mié. Nov 14th, 2018

¿Para qué educación sin arte?

Leonardo Garnier RímoloEconomista.

Preámbulo:

Hace ya casi cuarenta años, cuando José Figueres impulsaba la creación de la Orquesta Sinfónica Nacional, la Sinfónica Juvenil y la Infantil, se dio una discusión que tal vez hoy parecería bizarra: se alzaron las voces (en particular de mis colegas economistas) contra ese despilfarro de dinero: ¡lo que el país necesitaba era producir!” se dijo. En lo mejor del debate, y mientras visitaba un gran lote de tractores  recién llegados a Costa Rica, don Pepe pronunció una simple frase que acabó con el debate: “¿Para qué tractores sin violines?” – dijo.

Y entendimos.

¿Para qué educar?

Debemos educar – por supuesto – para la convivencia eficiente, útil y práctica del mundo del trabajo, del comercio o del consumo. Pero también debemos educar para la vida plena y trascendente que surge de la convivencia solidaria, del afecto desinteresado, de la responsabilidad con el medio y de la expresión de nuestros sentimientos. Debemos educar para la vida.

Pero vivimos en un mundo incierto en el que pareciera que todo se vale; y en el que se vuelve casi indistinguible lo que vale más de lo que vale menos; en un mundo en el que prevalece el miedo. En ese contexto, ¿qué significa educar para la vida? Frente a la incertidumbre, nos dice Savater, la humanidad debe aferrarse a esas grandes fuerzas que la han guiado a lo largo de su historia: la ética y la estética.

Nuestros jóvenes no pueden crecer sin criterios propios en un mundo en el que se diluye el imperativo moral de luchar por aquello que es humanamente correcto o noble; o el imperativo estético de expresarnos mediante creaciones artísticas que nos conmuevan. Pero cuidado: no podemos educar ni en los valores inmutables de los conservadores ni en la cómoda ambigüedad de los relativistas, sino en la búsqueda de qué es lo que nos permite vivir juntos, con respeto, con simpatía, con solidaridad, con afecto, con gusto; reconociéndonos y aceptándonos en nuestra diversidad.

Educamos para cultivar esa parte de nuestra naturaleza humana que no viene inscrita en el código genético, sino en nuestra historia. Educamos para la cultura, para los derechos humanos y para eso que hemos llamado un ‘desarrollo sostenible’. Educamos para el ejercicio crítico pero sensato, sensato pero crítico de la ciudadanía democrática. Educamos para identificar y enfrentar la injusticia; y para cerrar esas brechas que nos separan. Educamos para asimilar las nociones más abstractas del pensamiento, para entender y disfrutar las formas más sublimes del arte, así como para manejarnos en los aspectos más triviales pero indispensables de la vida cotidiana: cambiar un fusible, abrir una cuenta bancaria, reparar una silla rota, hacer un ruedo, sacar de la caja la computadora e instalarla, pegar un botón.

Educamos contra la superstición y la tiranía, que suelen alimentarse mutuamente. Educamos para que prevalezcan la memoria, el afecto y la razón, de manera que no se repitan los errores del pasado.

Ética, estética y ciudadanía

De eso trata un proyecto que impulsamos en Costa Rica, al que hemos llamado “Ética, estética y ciudadanía”.

La ética no es algo que se pueda aprender como mera información, ni siquiera como conocimiento, sino como vivencia, como creencia, como convicción. No se aprende con sermones o discursos, sino mediante una metodología que enfrente a los muchachos con ‘dilemas éticos’ de todo tipo. La resolución de estos dilemas no puede ser antojadiza o casual, sino que debe incorporar la adquisición de conocimientos y la construcción de criterios éticos mediante procesos sistemáticos de investigación, reflexión y, sobre todo, deliberación.

Estos dilemas pueden encontrarse en cualquier lado: en los problemas mismos que surgen diariamente en las aulas o los centros educativos; en la vida del barrio o la comunidad; en los periódicos o telenoticieros… o, por supuesto, en el arte: ¿quién mejor que Shakespeare – en el Mercader de Venecia, por ejemplo – para enfrentarnos con dramáticos dilemas éticos? ¿Cómo no angustiarse frente al Guernica? ¿Quién puede leer sin inmutarse Pedro y el Capitán, del maestro Benedetti; o leer “Desgracia” de Coetzee sin sentir tirones en el alma? Ah… y lo mismo sin duda ocurre con la música: desde la Negra cantando con Gieco “Sólo le pido a Dios” hasta Calle 13 y Rubencito recuperando el dolor de su barrio.

Enfrentar dilemas éticos recurriendo al arte es un instrumento poderoso… pero exigente. Si algo es evidente para los estudiantes es la falta de congruencia entre el discurso y la práctica: un discurso cargado de ética y valores ciudadanos acompañado de una práctica autoritaria… simplemente no funciona con los jóvenes.

La responsabilidad y los derechos solo se aprenden cuando su conceptualización va acompañada de la práctica y la práctica se conceptualiza. Hay prácticas que deben aprenderse y practicarse – valga la redundancia – hasta que se vuelvan casi intuitivas: el sentir democrático.

Cuatro objetivos de la educación artística en secundaria

Con respecto a la enseñanza de las artes, nuestra educación debe lograr al menos cuatro grandes objetivos: el gozo, la apreciación, la comprensión y la expresión.

En primer lugar, queremos que las y los estudiantes disfruten del arte: ¡simplemente que lo gocen! Decirlo es fácil, pero nos hemos acostumbrado tanto a hacerlos sufrir el arte, repetir el arte, cumplir con el arte… o no hacer nada y aburrirse con el arte, que no siempre es fácil regresar a ese objetivo tan obvio de sentir aquello que se hizo para ser intensamente sentido.

La realidad, sin embargo, es a veces descorazonadora y hasta un objetivo tan modesto topará con problemas, como ocurre tantas veces en nuestras escuelas y colegios, donde se muestra un cuadro, se escucha una pieza musical o se hace leer una novela solamente para preguntar luego por algún párrafo, alguna fecha o cierto detalle técnico de la obra… sin dejar espacio siquiera para que un estudiante se permita olvidarlo todo y dejarse llevar por la pasión. ¿Se imaginan leer Hamlet para que luego nos pregunten por el número del capítulo en que muere Ofelia?

En segundo lugar, hay que complementar el disfrute con la apreciación, que no es lo mismo. Apreciar incorpora además elementos de valoración, criterios de calidad y gusto que, si bien no tienen por qué ser rígidos ni únicos – y mucho menos encasillar el arte en géneros ‘mejores’ o ‘peores’ – sí tienen que permitir a cada quien valorar las obras de arte que tiene ante sí y distinguir, dentro de cada género, por qué considera que unas puedan ser más o menos valoradas con respecto a otras: unas pueden gustarle más o menos que otras… o no gustarle del todo, aunque algún experto insista en que deberían gustarle. Incluso poder decir sí, esta obra es superior a aquella pero, a mí, me gusta más aquella… y ojalá tener argumentos que les permitan entender por qué.

No toda manifestación artística tiene el mismo valor, pero el valor artístico no es algo que venga preestablecido en los manuales inmutables del criterio estético. El arte evoluciona por caminos misteriosos y apasionantes en los que nuevos criterios estéticos surgen a veces agregándose, a veces destruyendo los anteriores. Una actitud de discernimiento y apertura se vuelve fundamental para no caer en los absurdos extremos que rechazan todo lo viejo… o todo lo nuevo. En particular – sobre todo porque somos educadores – tengamos cuidado con la descalificación de lo nuevo (¡ésa música que oyen los jóvenes!) porque podríamos estar descalificando los cánones del arte del mañana… como ya ocurrido. Veamos lo que se ha dicho sobre los compositores modernos, y cito que:

“Tales compositores, en mi opinión, no tienen más que humo en sus cabezas si están tan infatuados con sí mismos como para creer que pueden corromper, abolir y arruinar a voluntad las reglas de oro que nos han heredado los tiempos (…) Hemos llegado al punto del absurdo, pero aún así es posible que estos compositores modernos encuentren un camino para hacer pasar la disonancia por consonancia y viceversa (…). Para estos compositores basta montar un enorme rugido de sonido, una confusión absurda, un arsenal de defectos…”[1]

Eso se dijo hace unos años – allá por el 1600 – sobre la música de Claudio Monteverdi, transformador de la música del Renacimiento pasando del viejo estilo o prima prattica al nuevo estilo o seconda prattica. ¿Alguien podría pensar hoy que la música de Monteverdi no es más que un arsenal de ruido disonante?

En tercer lugar, además de disfrutar y apreciar el arte es necesario entenderlo, comprenderlo en un doble sentido. Por un lado, es necesario conocer los elementos que podríamos llamar técnicos y conceptuales de una obra de arte: desde las teorías y técnicas de la disciplina específica con que se ha diseñado y producido la obra de arte; hasta los aspectos científicos y tecnológicos que estarían por detrás de determinada tonalidad o brillo de los colores, de ciertos movimientos del cuerpo, del balance de una escultura o los timbres peculiares de una pieza sonora.

Por otro lado, es indispensable entender el arte en su contexto: los aspectos históricos y biográficos que inevitablemente nos remiten a los determinantes individuales y sociales, políticos y culturales que rodean y explican – de nuevo, nunca de manera unívoca – toda obra de arte. Es imposible entender el arte de Diego Rivera y Frida Kahlo sin saber algo del México revolucionario en que vivían, sin saber algo de Trotski… pero no basta: hay que saber también algo sobre sus vidas personales, su intimidad, sus pasiones, sus destrezas, sus dolores, sus sueños. De todo eso surge su arte.

Ah… pero el arte es siempre una ruta de doble vía. Bien decía Umberto Eco – al ser interrogado sobre el significado o la moraleja de “El Nombre de la Rosa” – que una obra de arte tiene tantas lecturas como lectores: sí, debemos entender el contexto social e individual de su origen pero, para saber por qué una obra de arte nos conmueve como nos conmueve – o por qué no – también tenemos que entender el momento en que la apreciamos… y nuestra propia identidad, ya que es desde hoy y desde nosotros que esa obra nos habla.

No, no es fácil la educación artística: es una educación histórica… para nuestro tiempo. Estudiar el arte no es otra cosa que estudiar la vida.

Pero no podemos limitarnos a que nuestra juventud disfrute, aprecie y comprenda el arte. Aspiramos, sobre todo, a que esto le permita y estimule, a cada joven, expresarse artísticamente. De nuevo, cuidado: estamos hablando de la secundaria y no pretendemos que cada estudiante sea “un artista” en el sentido tradicional del término, pero sí que cada quien se atreva y logre expresar en formas artísticas sus intereses y preocupaciones, sus pasiones y angustias, sus gustos y frustraciones, sus sueños, sus miedos, sus emociones y sus razones, de tal forma que, al hacerlo, más que convencernos, intente conmovernos, ya que si algo busca el arte es eso: conmover.

Disfrutar, apreciar, comprender y expresar: cuatro retos de la educación artística que, de lograr incorporarse con más sentido y fuerza en nuestros colegios, transformarían sin duda la enseñanza en esos centros y la vida de nuestra gente joven. Pero pidamos más…

La enseñanza de la ética, la estética y la ciudadanía deben permear el currículo completo: los movimientos artísticos deben marcar los cursos de Estudios Sociales tanto o más que las batallas y las conquistas; la formación de los colores debe aparecer en la clase de química; las ondas deben sonar en la clase de física y las ecuaciones de matemática deben ilustrar la trayectoria de las pelotas hacia el marco o la interacción de las notas en el pentagrama o, mejor, su vibración en las cuerdas de la guitarra y en nuestro propio cuerpo… en el que hasta los sentimientos vibran con cierta música.

Más aún, la enseñanza de las artes – como la enseñanza de la ética o de la ciudadanía – tienen que salir del aula y llenar el colegio entero, volverlo un espacio agradable, un espacio de convivencia, un espacio que se disfruta y se siente propio, un espacio en el que la juventud construye su identidad de cara a sí misma y al mundo en que se encuentra. La ética, la estética y la ciudadanía tienen incluso que salirse del colegio y empapar a la comunidad, hasta que la comunidad entienda que solo cuando la escuela es mejor que la sociedad… es capaz de transformar esa sociedad.

¿Metas ambiciosas? Tal vez… pero pensemos en lo que podríamos perder si no lo intentamos. Nos quedaríamos sin violines, por supuesto; pero nos quedaríamos, además, sin los tractores del futuro.El autor es

Académico, Economista y ha sido Ministro de Planificación y  Ministro de Educación en dos Administraciones

MEP-subversivo-Octubre, 2009

La entrada ¿Para qué educación sin arte? se publicó primero en La Revista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *